Esta imagen, cuanto más la miro, más vergüenza me produce. Y lo que demuestra, aunque a simple vista pueda parecer un hecho ingenuo, no es más que otro ejemplo de lo que sucede en el País Vasco.
Inicialmente, se trata de una falta de respeto a una obra de arte. Podemos debatir si la estatua de La Lechera gusta o no gusta. Pero sí es arte, aunque no se trata de una de mis obras favoritas, la verdad sea dicha.
Por otro lado, que los aficionados del Athletic se sintieran eufóricos ante la Final de la Copa del Rey, no justifica “engalanar” a La Lechera con los colores del equipo y, menos, ponerle la “ikurriña” de las narices por mandil.
Pero lo mejor (o peor, según se mire), es el colocar velas encendidas a los pies de tan ilustre trabajadora del sector lácteo, como si fuera Santa Catalina de Siena o Santa Irene de Alejandría.
La fotografía es una estupenda muestra de en qué estado se encuentra la sociedad vasca y, por supuesto, también una parte de nuestros vecinos, pues confunden muchas cosas. En esta bendita tierra, hace mucho tiempo que la gente dejó de creer en Dios y el nacionalismo, el fútbol y el Athletic han ocupado su sitio. El País Vasco, posiblemente, fue la tierra más católica del mundo, pero ahora se ha convertido en un inhóspito lugar habitado por personas que tienen que demostrar su “vasquismo” y en Vizcaya, su amor por el Athletic. Porque, aquí, desde hace varias décadas no basta con “ser”, también hay que demostrarlo. Y en Astrabudúa, por desgracia, las cosas ya no son como antes, y también hay que demostrar que se es vasco, muy vasco y del Athletic. Y de creyentes en Cristo, nada de nada, porque eso ya no se lleva.
Recemos a Santa Lechera de la Blanca Leche a ver si logramos que numerosísimos vecinos del barrio cambien de mentalidad, pero lo veo muy difícil. Porque no es un tema de mente, sino de tripas, de sentimientos que han enraizado en lo más irracional del ser humano.
Este país se pudre poco a poco y, aunque la putrefacción también se está produciendo en Astrabudúa, parecía oculta. Pero sólo lo parecía.
Inicialmente, se trata de una falta de respeto a una obra de arte. Podemos debatir si la estatua de La Lechera gusta o no gusta. Pero sí es arte, aunque no se trata de una de mis obras favoritas, la verdad sea dicha.
Por otro lado, que los aficionados del Athletic se sintieran eufóricos ante la Final de la Copa del Rey, no justifica “engalanar” a La Lechera con los colores del equipo y, menos, ponerle la “ikurriña” de las narices por mandil.
Pero lo mejor (o peor, según se mire), es el colocar velas encendidas a los pies de tan ilustre trabajadora del sector lácteo, como si fuera Santa Catalina de Siena o Santa Irene de Alejandría.
La fotografía es una estupenda muestra de en qué estado se encuentra la sociedad vasca y, por supuesto, también una parte de nuestros vecinos, pues confunden muchas cosas. En esta bendita tierra, hace mucho tiempo que la gente dejó de creer en Dios y el nacionalismo, el fútbol y el Athletic han ocupado su sitio. El País Vasco, posiblemente, fue la tierra más católica del mundo, pero ahora se ha convertido en un inhóspito lugar habitado por personas que tienen que demostrar su “vasquismo” y en Vizcaya, su amor por el Athletic. Porque, aquí, desde hace varias décadas no basta con “ser”, también hay que demostrarlo. Y en Astrabudúa, por desgracia, las cosas ya no son como antes, y también hay que demostrar que se es vasco, muy vasco y del Athletic. Y de creyentes en Cristo, nada de nada, porque eso ya no se lleva.
Recemos a Santa Lechera de la Blanca Leche a ver si logramos que numerosísimos vecinos del barrio cambien de mentalidad, pero lo veo muy difícil. Porque no es un tema de mente, sino de tripas, de sentimientos que han enraizado en lo más irracional del ser humano.
Este país se pudre poco a poco y, aunque la putrefacción también se está produciendo en Astrabudúa, parecía oculta. Pero sólo lo parecía.